martes, enero 25, 2005

Ya todo estaba Oscuro

Cuando salió al Portal ya todo estaba oscuro. Su corazón latía a mayor velocidad conforme giraban las agujas de su reloj pulsera. La noticia había sido demasiado para su entereza.
La noche había caído y con ella su última esperanza. Las estrellas simulaban dominar el firmamento, limpio de las habituales impurezas matinales. El agua, cual espejo celestial, reflejaba la triste imagen de la ciudad en ruinas.
La explosión habría sido anteanoche, pensaba...
O antes, tal vez....
Su memoria recorría callejones sin sentido, recordaba momentos que juraría no haber vivido nunca. Y es que nunca lo había hecho, en realidad.
En su anterior vida, había sido sirviente de algún Rey, Señor o Monarca, de algún País o Región desconocida en algún tiempo inmemorial. Dicha vida habría sido corta, lenta, sufrida. Agotadora, voraz, sensible...
Sus ojos observaban al hombre en la noche. La noche observaba al hombre en sus ojos.
La ciudad había estado montada sobre nueve colinas que en su seno albergaban un lago, el cual, en estos instantes, solo reflejaba destrucción, sangre, dolor.
Su hijo estaba destinado a ser grande entre grandes, el mejor. La actividad en la que sobresaliese no era realmente importante, los rivales a quienes vencer, tampoco. El tiempo en lograrlo era lo que le atormentaba. Y si ese tiempo había pasado? Se preguntaba.
Su miedo le atormentaba.
Dio un paso hacia delante, luego otro.
Las luces de neón ya no existían, las penumbras le envolvían. Solo una insignificante vela de cera lastimaba su porosa piel a medida que despejaba la oscuridad de su frente.
Sus ojos escrutaban en la noche y su mente escrutaba en la memoria. Para recordar, tal vez, o para no hacerlo...
En resumen, recordaba.
Y miraba...
El hombre delante suyo movió sus labios. Así mismo lo hizo la Luna.
Y nunca pudo saber cual de los dos era quien le hablaba. Su conciencia tampoco.
- Tu hijo es un Héroe –
Sonrió. Levanto un brazo y moviendo suave y lentamente su mano verificó que su sonrisa estuviese donde la había dejado. Los músculos faciales estaban trabajando.
Pensó en cosas que nunca podrá recordar. Recordó cosas que nunca podrá pensar.
Pensó en su hijo. Recordó a su hijo.
Un brusco movimiento, veloz como un rayo, y la mano al agua.
Se percató que el hombre, instintivamente, retrocedía ante su brusquedad. Aquel hombre le temía. Ello poco le importaba.
Tocó el lago.
El agua, dulce y fría, fluía entre sus dedos y mojaba suavemente sus falanges.
Tocó su cara.
Quiso ver la frescura reflejada en su semblante y acercó su cara al lago.
El hombre rió con todas sus fuerzas, o tal vez lo hizo la luna...
Su mano frotó con asiduez su cara mientras los círculos en el agua se calmaban lentamente.
Quietud y sonrisas. Paz y carcajadas.
Quiso ver su sonrisa reflejada.
Acercó su cara al agua, pero no pudo ver nada.

Caio - 18 Ene 00 3.15hs